16 de Junio del año 2020, 20:45 horas. Noche de
invierno en Concepción del Uruguay, Entre Ríos.
Reunión
pactada a dicha hora, para llevarla a cabo por medio de una de las plataformas
más usadas en estos tiempos: Zoom.
Y “sale zoom”, como decimos ahora, para poder
escuchar los testimonios de: Esperanza, Luján y Clara, mujeres de más de 30
años que se animan contar sus experiencias y miradas acerca de “los mandatos
sociales”.
Envío la clave de acceso a la reunión por medio
de WhatsApp y comienzo a “admitirlas”.
Con los auriculares puestos por la batería que
suena de fondo en mi casa, escucho en las suyas: un silencio absoluto.
Luján sentada en una silla y apoyándose en su
mesa, expresa, “acá estaba retapizando una silla..”
Esperanza aparece en cámara, con un plato de
comida, “acá yo por cenar, porque siempre 21:30 maso, me acuesto a dormir”
Clara reposando en un sillón agrega “y yo
con una tarta en el horno, así que la apagué para que no se me queme”,
mientras disfruta de un vaso de cerveza.
Todas de pantuflas y vestidas “de entre casa”, como solemos
decir… descontracturadas pero expectantes, demostrando interés para comenzar a
hablar del tema en cuestión, el cual les pareció muy atractivo.
Mandatos sociales… establecidos en la sociedad
como “normas a cumplir”, que muchas veces se presentan como verdades absolutas,
cargadas de prejuicios y miradas intimidantes.
Mandatos sociales… que interpelan, que
movilizan y se convierten muchas veces en carga, o en “una mochila” porque son
esas verdades que nos inculcaron, que nos “hicieron creer” o que todavía en el
año 2020 “nos quieren hacer creer”.
Mandatos sociales… que en muchos casos
simplemente se los acata porque no existe la posibilidad de cuestionarlos y
otras tantas ponen en duda una decisión que tomamos por el peso que significan
frente a la sociedad.
Mandatos que estigmatizan y aparecen en el
inconsciente colectivo de la sociedad. En hombres y mujeres… y no vamos a
limitarlos solo a aquellos que pasaron más de los 50, porque si bien puede que
sean los “opinólogos” más recurrentes … se hacen presentes en todas las edades.
Y porque se van transmitiendo culturalmente, de
generación en generación, dentro de la familia y fuera de ella, en ámbitos
sociales…y porque se transfieren con acciones y decisiones de “la mayoría”: los
mandatos aún son huellas que muchas veces dejan marcas porque quienes está
inmersos en ellos, todavía se les hace difícil aceptar la diversidad. Y no me
excluyo.
Luján
vive sola desde los 23 años, acumulando diversas experiencias como inquilina.
Esperanza, nunca vivió sola. Cuando se fue de
la ciudad para estudiar, residió en la casa de su abuela y luego de recibirse, al
regresar, siguió compartiendo la casa con su madre. Tiempo después se mudó con
su pareja con quien ya no tiene una relación. Es así que actualmente convive
con su mamá.
Clara se mudó de la casa de sus padres a los 28
y hasta el día de hoy vive sola en la
casa que alquila.
Adentrándonos en el tema de los mandatos
sociales, de la incomodad que sienten o han sentido frente a ellos, surge entre
ellas el mandato que les ha tocado de cerca como mujeres de más de 30 y desde
mucho tiempo antes, también.
Luján prefiere comenzar, como con la necesidad
de expresarse y ser escuchada diciendo: “con respecto a este tema, la
realidad es que a mí me costó muchísimo y lo trabajé por mucho tiempo”,
asegura hablando en pasado: “siempre
estaba la idea rondando en la cabeza, lo que en general debía ser: la casa, casarse,
tener hijos, y el perro” mandato que muchos conocemos en ese orden.
“Tengo 32 años y no tengo nada de eso. Hoy puedo decir que antes, me pesaba y mucho…
pero después aprendí que hay otras realidades que de vida que uno puede
aceptarse, escucharse y vivir así”, expresa como habiendo
logrado hoy día, sacarse una gran mochila que no le permitía vivir a su manera,
asegurando que todo fue parte de un proceso que la lleva a verlo hoy de otra
forma. Desde otra perspectiva.
Esperanza, además de coincidir con Luján, plantea
con un tono que demuestra hartazgo de lo que menciona, refiriéndose a los
mandatos existentes con los que ha tenido que lidiar cuando estaba en pareja:
“todo el tiempo alguien acotaba: tantos años de relación, después de convivir,
de hacer viajes, ¿por qué no se casan?; ¿¡no piensan tienen hijos!?; y como mientras
muchas parejas amigas estaban transitando por esos caminos, era como algo obvio
que tenía que pasar…en ocasiones daban por sentado que ya nos habíamos casado.”
Clara respecto al tema, declara: “a mí me pasa
en el diario… se da por sentado que yo soy madre”, comenta entre risas,
pero para aplacar la impotencia que siente mientras agrega: “me han llegado
a preguntar: ¿cómo van los chicos en la cuarentena? y es ahí que tengo que
aclarar que no soy madre… lo convivo todo el tiempo, y más de una vez por día. Un día había un grupo
de mujeres donde una, agarrándome el brazo me pregunta: vos… ¿qué nombre le
pusiste a tus hijos?”
Como admirada por las suposiciones de la gente,
Clara dice: “cuando estoy bien no pasa nada, pero si estoy más o menos llego
a casa y me hago tantas preguntas…” y no es para menos, tener que aclarar a
alguien que no te conoce y supone… y sin vacilar un minuto dice palabras
teñidas de mandatos sociales dando por sentado lo que elegiste para tu vida o como
te toca vivirla.
Me pregunto ¿qué hace que supongan’: …¿la forma
de hablar?; ¿la edad?; ¿la forma de vestir’?; ¿el peinado?; ¿la forma de
desenvolverse?... inexplicable.
Clara agrega: “en mi caso me encantaría
compartir mis días con alguien… pero tampoco creo que hay que forzar
situaciones. Por eso tengo mis momentos, porque muchas veces lo que pesa es la
mirada del otro, la gente no tiene dimensión del efecto que produce en el otro
lo que está dando por sentado, pareciera que te meten el dedo en la llaga”
y yo agrego, ¡qué molesto!...son como una alarma de recordatorio diario de lo
que te falta.
Siguiendo la conversación, todas se escuchan
atentamente, y en varias de las cuestiones que menciona una, las otras dos
asientan con la cabeza, como sabiendo de lo que está hablando quien se expresa,
seguramente porque han pasado por situaciones similares.
Sus
gestos, lo dicen todo… esos sí con la cabeza abriendo los ojos, tanto, que se
les arruga la frente. Esbozando una leve sonrisa, pero que no revela alegría,
sino más bien una sonrisa de: “¡increíble!, no me pasa solo a mí”.
En medio de las reflexiones y experiencias,
todas coinciden en lo que dice Clara: “Muchas veces solo fluyen comentarios
que nos hacen sentir TODO EL TIEMPO, que la vida de nosotras es mucho más fácil
que cualquiera que tenga una familia.”
Esperanza ejemplifica reafirmando esto, con
frases que le han dicho: “aaah ojalá pueda acostarme como vos… que suerte que
tenés”; “ahh si yo no tuviera hijos, ni una casa que mantener también iría
hacer deporte”.
Así, interponiéndose las opiniones de las tres
que ellas mismas organizan, surgen más frases recurrentes como: “ay claro,
vos ahora después del laburo te vas a dormir, ¿no?” ; “a vos te sobra tiempo”,
“si yo fuera vos…..iría al gimnasio.”
Y a lo que se refieren las chicas, me atrevo a
decir, es que el constante “chicaneo”, como llaman ellas mismas, que se toma
muchas veces como “chiste” o “broma”… deja de serlo cuando resulta recurrente y
en casi todos los ámbitos. Y que ni “pobre” ellas, ni “pobre” el que tiene
hijos y una pareja. Y que ni “afortunadas” ellas que tienen los tiempos que los
otros suponen, ni “afortunados” los otros que tienen, al llegar a casa, lo que
los demás creen.
Las tres siguen enumerando la lista de frases,
como si las tuvieran memorizadas de tanto escucharlas: “Para cuando el
novio”; “con ese carácter nadie te va
aguantar”; “vos no podes entender porque no sos madre”; “ya te va a pasar cuando tengas un hijos”. Y mientras hablan pienso se las han dicho, me
las han dicho y seguramente a quien lee alguna vez se las han mencionado…como otras
tantas similares: “para cuando el casamiento”; y si estás casada “para cuándo
el hijo”; y si tenés el hijo “para cuando el hermano”; y si tenés dos nenas “para
cuándo el varón” y así sucesivamente.
Pero deteniéndonos en las que mencionaron estas
tres mujeres pienso ¿quién aseguró que buscaban o querían un novio?, ¿quién
dijo que quieren que las aguanten?; ¿cuál es la necesidad de recalcar lo que no
saben o si alguna vez quieren saber sobre niños?; ¿o si en realidad ese “no ser
madre” les está doliendo hasta los huesos porque sí lo desean?...
Todas coinciden en que muchas veces la gente
cree que es una circunstancia que vive la mujer
de tal edad, sola, sin pareja y sin hijos..., y en realidad es parte de
una decisión, como muchas otras que pueden tomarse en el gran abanico de posibilidades,
como personas existen en ésta tierra. Aunque reconocen también que puede
deberse a una circunstancia y que desean eso de lo que hablamos, y quizás aún
no se dió.
En relación al mandato de la “mujer madre”,
cada una se expresa sin titubear:
“No tengo un sentimiento que me diga quiero ser
madre”, dice Esperanza segura de lo que
siente. “Lo que mucha gente no entiende o con comentarios te dejan ver que no
comprenden es que es una decisión, y hoy
en día yo siento que tengo cosas pendientes antes de tener un hijo”.
Luján y Clara, por su parte manifiestan ante
esto haberse planteado el ser mamás. Admiten replanteárselo, pero dudan al
ponerse a pensar la responsabilidad que conlleva.
Clara cuenta abiertamente que le encantaría ser
madre, “aunque si eso significa, “aguantar” una relación que no me haga
feliz, no. Si veo que algo no va por ahí, lo dejo, no me arriesgo a exponer al
sufrimiento de una persona que elijo traer al mundo, ni tampoco mi
tranquilidad.”
Y pensativa, como reflexionando y tratando de
explicar lo que piensa, Esperanza vuelve a intervenir “pienso que el hecho
de ser madre da un giro total de tu vida, no es un juguete que compramos…creo
que a esta edad hay miles de opciones para traer un hijo al mundo, y estamos
decidiendo qué hacer: eligiendo no ser madres por ahora”.
Al fin y al cabo, se presentan mujeres
solteras, algunas más decididas que otras en ciertas cuestiones, pero todas
coincidiendo en que lo que hacen que hoy sea su realidad son decisiones.
Todas y cada una de ellas, hablan de HOY. Se enfocan en el presente y
saben qué quieren:
Luján define su prioridad HOY: “la familia
no es hoy en mi vida lo que quiero y tampoco estoy preparada para una relación,
lo que anhelo dar lo mejor en mi trabajo. Hoy priorizo mi vida profesional y
nada más, lo demás es consecuencia de ser exitosa en lo laboral”
Esperanza dice segura “mis prioridades son seguir
trabajando para ascender y crecer en lo laboral priorizar eso para como consecuencia
poder irme a vivir sola, seguir disfrutando viajar con amigas. El trabajo para
poder lo demás. El tener una relación y un hijo… dejo que fluya, si va a ser…
va a ser.. por eso tampoco digo que el día de mañana, siga pensando lo que hoy”.
Clara dice “Hoy toda mi vida pasa por el
trabajo, enfoco todo ahí” asegurando que sabe que eso hoy llena quizás
otras cuestiones. “También estoy hablando de HOY, y coincido en que también
estoy abierta a una relación, pero si no se da, no se da, no voy a forzar
situaciones, lo que no paso no paso no fue no paso, no fue, murió…”
“Sii, eso” interviene Luján “yo
sé lo que me hace bien y me hace feliz y si veo que me hace mal agarro otro camino y me voy para otro
lado”.
La conversación que se convirtió en un diván de
confesiones, donde todas ejemplifican historias cercanas… de mamás que quedaban
en casa, atendiendo a sus con los hijos y un padre que se ocupaba de traer mantener
económicamente a la familia, que no piensan que está mal si es una decisión tomada dentro de la pareja
y le hace bien a los dos, pero han visto mujeres “aguantando y perdonando lo
que sea” como lo expresa Esperanza y asienten las demás.
Luján cuenta que con acciones y decisiones que
han tomado sus padres pudo visualizar las diferencias de lo que vivencia hoy
como mujer, que crece profesionalmente y trabaja. Se refiere a los mandatos
como huellas marcadas de generación en generación: “indudablemente, mucho
peso del que llevo se debe a miradas y concepciones que tenían mis abuelos y
mis padres…” Algo muy profundo y certero porque somos ,incluso, antes de
existir. Somos los deseos y las idealizaciones de generaciones pasadas que repercuten
en nuestra formación. Estamos
hechos de historias. De aquellas historias que se fueron escribiendo, incluso
antes de que existiéramos: las de nuestros padres, abuelos, y las historias que
ellos ya cargaban de sus ancestros.
Refiriéndose al ámbito laboral expresan
distintas experiencias de acuerdo al entorno donde se desarrollan:
Luján expresa que no visualiza “discriminación
o minimización” del rol de la mujer en su lugar de trabajo, pero si observa que
hay más hombres que mujeres en los puestos de liderazgo.
En el lugar que Esperanza trabaja, hay igual
cantidad de hombres que de mujeres, y que siente cierta diferencia pero no por el
género sino por la edad, “cuando hay que hacer ciertos trabajos me miran
como desconfiando, como dudando de lo que puedo hacer o no y por ahí una vez
que demuestro, ya no pasa. Creo que la edad define la experiencia o si sos
capaz de hacerlo o no”, aclarando en este aspecto, que tiene que demostrar en
esas ocasiones para qué está capacitada, aunque esté en un puesto que amerite
tomar decisiones.
Clara, por su parte cuenta “me costó mucho
insertarme en un rubro muy machista, donde los hombres al tener que tratar
conmigo, generalmente los más grandes, no querían hablar conmigo…porque no me
veían capaz de hacer el trabajo que hago”, y como se refirió Esperanza,
pero esta vez desde una mirada del género femenino, asegura “muchas son las veces que tengo que
demostrar que yo sé de lo que estoy hablando por el rubro en el cual me
desenvuelvo”.
Mientras la conversación fluye, surge
la expresión de Luján: “ahh algo que me pasa muy seguido” entonando con
muchas ganas de expresarse y diciendo que lo siente como un mandato “si estás
sola, estás soltera y un sábado te
acostas a mirar una peli súper feliz, nunca falta el ¿por qué no salís?... como
que estoy obligada o sentenciada a eso, ¿para buscar qué?... elijo quedarme a
disfrutar de lo que me gusta porque no tengo ganas de ir a bailar”
Esperanza agrega: “a mí me dicen que soy una
vieja con 32 años… pero soy feliz, encanta quedarme a mirar una peli, comer
algo que me guste mientras disfruto”
Clara coincide “siiii hasta hay veces que me
pone de mal humor arreglarme para salir, y piensan que estás deprimido…
disfrutamos de otras cosas, y a eso lo disfrutamos ese día, quizás más que el
arreglarnos para salir a bailar”.
Ellas diseñadoras de su propia vida, aseguran que
cada uno va eligiendo lo que quiere y lo que no, y que a veces pueden tardar más o no pueden lograr algo que se
propusieron, pero como todos en la vida.
“Por supuesto que hay decisiones que tomamos
que nos pesan, pero creo que como a todos y así nos vamos direccionando hacia
donde nos parece mejor, y lo que sentimos” dice Esperanza, quien
asegura que todavía se replantea situaciones y decisiones… pero insiste en “si
algo no me llena no me parece seguir y no pasa por lo material”
Con respecto a lo diario: el mantener sus casa,
trabajar y resolver solas los quehaceres cotidianos expresan arreglárselas como
puedes y se recuerdan mutuamente los tantos tutoriales con los que contamos hoy
para aprender a hacerlas…
Terminando la charla les propongo qué les
dirían a los mandatos sociales, y qué les dirían a aquellas personas que tienen
en su mirada los mandatos y con opiniones desde su perspectiva teñida de
prejuicios, hacen llegar sus comentarios a quienes “se salen de regla”
Esperanza le dice a los mandatos: “Dejame
ser feliz” como en un tono que desea tomar distancia de los mismos para
poder tomar decisiones sin que le pesen, diciéndole a las personas que
mencionamos: “sé feliz”, como deseándoles la felicidad que encuentra
ella, esquivando las “normas establecidas”.
Luján: le
dice a los mandatos: “¡pará, que yo soy feliz!”, como “parándole el
carro” como dirían algunos, tratando de empujarlos para afuera porque encontró la
forma de aceptarse… aunque no encuentra palabras para las personas mencionadas…
expresando no saber qué decirles y será tal vez como reflexiona ella misma: “será
que no me interesa decirles nada, o que tal vez pienso que yo también a veces
puedo llegar a hacer comentarios a quienes no están en mi misma situación y no me doy cuenta”
Clara, por su parte le dice a los mandatos “no
me interesan”, pero a la vez ella misma reconoce “aunque me pesan”,
como expresando el proceso que vive a diario, por no dejarse intimidar por los
mismos, visualizando que se hace presente la contradicción “no me interesan”
pero “cuando me lo dicen…”
A las personas decide decirles:“ busquen lo
que les hace felices a ustedes mismos” y ahí aparece la respuesta a lo
anterior, en que si cada uno aceptara las decisiones que toma el otro, y
estaría ocupado por mejorar su vida o ayudar a los demás, no aparecería el mandato
disfrazado de opinión que manchan muchas veces nuestros días.
“Manejate”, dice Luján a modo de chiste…
mientras todas ríen y distienden el tema que se tornó muy profundo al revolver
cada una entre sus sentimientos y emociones.
“Es que a veces contesto
hasta de forma irónica, pero porque ya no tengo palabras para tantas opiniones”,
agrega.
Para terminar todas concluyen en que siempre su
situación es atribuida a algo: “vos no te arriesgas”, “tu humor”, “tu forma de
ser”… en fin, hay un por qué.. sí, en algunos casos en la decisión que toman,
en otros circunstancias de la vida.
Tres testimonios entrecruzadas donde se
visualizan diferentes vivencias. Tres mujeres que se definen como autosuficientes
HOY, pero sin desdibujar la importancia de una pareja para algunos, ni
denigrando la función de los hombres en la vida.
Tres mujeres que se atreven a compartir sus
realidades en cuestiones que parecieran son cada vez menos, sin embargo suelen
aparecer a menudo en sus vidas.
En esta oportunidad, se visualizan algunos de Mandatos
sociales, “verdades absolutas” que cuando no son cumplidos en muchas ocasiones se
los asocia al “fracaso”, elecciones fuera de la norma que son vistas desde la “rareza”,
y como se pudo ejemplificar, se le debe atribuir una causa negativa como si la
elección de vida se deba a una falla de quien elija distinto.
Mandatos que muchas veces son ignorados por
quienes están seguros de sus decisiones o después de mucho tiempo pudieron
aceptarse escuchando lo que dice su corazón y ganas, pero en oportunidades
hacen sentir una presión por las miradas ajenas y expectantes y hasta ponen en
duda al propio protagonista de su vida de lo que se siente y elige.
Miradas que definen… estigmatizantes, cargadas
de etiquetas, de valores e intenciones, que no dejan ver que hay otros
objetivos en la vida para proponerse, además del propio, o del que le
inculcaron.
Personas que luchan a diario porque esas
miradas van volviendo a dejar huellas. Y digo “volviendo” porque ya lograron
borrar las heredadas marcadas ellas, acariciando sus deseos y escuchándolos
pero se vuelven a encontrar con opinólogos que dejan relucir y definen por
cuestiones personales entre comentarios que lo distinto, es “doloroso”.
Empatía. Una vez más. Y me lo digo a mí misma.
Empatía. A veces elecciones. A veces
circunstancias. No importa cuál sea la razón, no existe motivo para ser el recordatorio
de lo que desde nuestra perspectiva pareciera “falta” de nadie.
Si nos respetaríamos y realmente aceptaríamos
la diversidad, en cada rincón del mundo, en el pecho de cada persona, se destrozarían
hasta desaparecer la lucha constante entre deseos y mandatos.
M.M.F.
Martina Ferrari

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