Pude verlas de cerca. Con el cuerpo un tanto desgarbado pero con un andar desopilante, que reflejaba que había una fuerza poderosa que las mantenía en pie.
Pude verlas, esperando que se habilite el turno y al abrirse la puerta: se hacía evidente que la fuerza poderosa que las atraía como imán y metal, era la sangre de su sangre. Era la vida que se había gestado en su vientre.
Al pasar, pude verlas. Con una mirada cargada de esperanza que me hacían imaginar la lucha interna de sentimientos encontrados.
No estaba en sus pieles, pero mi experiencia breve y por otras cuestiones en el lugar, hicieron que las viera más de cerca, en esa sala cargada de angustias a flor de piel mezcladas con incertidumbres y miedos. En esa sala que enciende a su vez, la esperanza, la ilusión… donde lo artificial salva lo natural. Donde la dedicación y el compromiso de quienes allí acompañan, dan seguridad a quienes la transitan.
Ahí, las crucé… donde se confían los tesoros más preciados de la vida. Donde amores infinitos perfuman las almas entristecidas.
Yo, a un piso del lugar sentía el imán que me atraía… y las ganas de correr a su encuentro, sin importar los horarios establecidos ni los puntos que pudieran salirse para acunar entre mis brazos a lo que hacía solo horas formaba parte de mi cuerpo, hacían pareciera que hasta mi herida de del parto, cicatrizara más rápido.
Que egoísta fui… cuando sentí bronca y desconsuelo por no poder ofrecerle mi pecho en las primeras horas, por no sentir su piel y contemplarlo. Por sentirme vacía.
Lo sé, era válido, pero mientras… veía pasar a esas mamás a quienes la maternidad les llegó por anticipado… y de buenas a primeras las comenzaban a transitar un puerperio que distaba mucho idealizado, si bien nunca coincide. A quienes les habían dado la noticia de irse del lugar a sus casas con los brazos vacíos. A quienes atravesaban situaciones urgentes y desoladoras debatiendo entre la vida y la muerte.
Era válido, pero mientras miradas y caricias hermosas florecían entre pañales que por más pequeño que fuesen, sobraban en cuerpos débiles y escurridizos.
Y con el cuerpo un tanto desgarbado pero con un andar desopilante, que reflejaba que había una fuerza poderosa que las mantenía en pie, regresaban cada día al encuentro…repletas de esperanza y amor .
“Hay que seguir, seguir con fuerza”, le dijo una mujer a mi marido después de coincidir más de una vez en el ascensor o pasillo para asistir a sus citas que aguardaban en recipientes transparentes.
Sin conocerlo… sin saber el por qué estába allí, ni por cuánto tiempo, transmitió la fuerza poderosa que menciono.
Él llegó a la habitación donde yo esperaba impaciente noticias y me contó el episodio…mientras narraba, lo hacía con un dejo de amargura pero admirado por la bella fuerza interior de esa mamá, quien le hizo saber que hacía días asistió a las “citas” sin saber hasta cuándo lo haría.
Nosotros a unos días nos fuimos.
Tiempo después me sentí egoísta… nos enteramos que las citas de la mujer se habían interrumpido… despidiendo a su amor infinito.
Esa mamá jamás supo lo que admiramos su valentía, humildad y fuerza de voluntad. Jamás supo lo que significaron sus palabras en ese momento y la esperanza que desbordaba al verla pasar.
En homenaje a ellas, a mamás de bebés prematuros… las del cuerpo un tanto desgarbado pero con un andar desopilante, que reflejan la fuerza poderosa que las mantiene en pie…repletas de esperanza y amor.
M.M.F.
Martina Ferrari.

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