12 del mediodía…
“¿Jugamos a las amigas?” me dijo.
“Bueno, dale ¿ querés mientras cocino?” le contesté.
Y ahí juntas nos perdimos… O nos encontramos.
Buscó unas botas que le regalo su madrina porque ya no las usaba y me propuso
que haga el ruido de llamada de teléfono para invitarla a almorzar
(aprovechando la situación).
Accediendo a “venir a comer a casa”, toco la puerta invisible (que para
ella ahí estaba) y pasó haciendo sonar sus “tacos” con un almohadón debajo de
su remera… y después del saludo, me explicó, por si no me había dado cuenta “¿viste
que estoy esperando un bebé, ¡y ya está
por nacer!”.
Lo interesante es que al parecer, con ella “venían a casa” dos hijos
más… uno adolescente y otra de 4 años (eso me dijo, no los ví, pero me dí
cuenta que ella sí… los imaginaba en cada detalle y hasta les contestaba mientras hablaba conmigo),
entonces le expresé mi asombro de cómo habían crecido, de lo grande que estaban
y el parecido que tenían entre ellos.
Después de charlar un rato interrumpió el juego diciendo: “decía que
era otro día, esperame”.
En segundos desapareció e inmediatamente escuché su voz haciendo “rrrrrrrrrrrrrrrrrriiiiiiiing”.
Ahí me di cuenta que esta vez me llamaba por teléfono ella, así que apreté la
mesada como poniendo altavoz de un teléfono invisible que encontré, improvisando…
mientras seguía “con las manos en la masa”.
“Hola”, dije contestando el teléfono.
“Hola amiga ¿estás en tu casa?” me preguntó.
“Sí dale veníte que justo estoy cocinando … de paso te quedás a comer”
le respondí.
Y “llegando a mi casa” otra vez toco la puerta. Esa puerta que ya no
era invisible para ninguna de las dos.
¡Pasá! Le grité, porque seguía cocinando. Y entonces haciendo sonar los
tacos, entró acunado un bebé “decía que
ya nació” me susurró en secreto como para que nadie se entere.
“ AAAAAAYYYY ME
MUERO ¡YA NACIÓ!” le dije… “¡FELICITACIONES!”.
Ese día vino solo con su hija más pequeña, porque “el más grande se fue
con los amigos”, me dijo.
Y ahí juntas nos perdimos… O nos encontramos jugando por un largo
tiempo.
Mientras comíamos ella era mi amiga, con un bebé y su hija de 4 años.
Y ahí sin querer, vi reflejadas miradas, caricias, palabras y detalles conocidos…
(por no decir propios).
El bebé su muñeca, su otra hija “invisible” pero ahí estaba sentada en
una silla… entonces le dije “ le acomodo la silla ¿querés?, la acerco porque no
puede comer bien”, mientras ella sonrió agradecida, y mientras comía tapó con
la otra mano a su bebé recién llegado, que había acostado en el huevito, arriba
de otra silla bien cerquita suyo.
Y entre tantas cosas por hacer… quehaceres y trabajo pensaba “¿podremos
hacer un paréntesis por un momento’”…
Su sonrisa era tan genuina que no me atreví a dar fin a esas hermosas
historias que estaba viviendo.
Esa tarde cambio tanto de roles que hasta en un momento jugaba a ser caballo
con las botas con tacos.
Primero fue mi amiga, pero en el medio se le ocurrió ser mi madre,
doctora, vendedora, policía, veterinaria, hermana, “la que hacía plantas”... en
fin.
Admiro su habilidad para crear, su flexibilidad para cambiar de un
papela otro, su imaginación, su sencillez.
Admiro la capacidad de olvidar todo, hasta olvidando que el vestuario
no coincide con el personaje.
Y pensé otra vez como tantas veces “¿podremos hacer un paréntesis por
un momento?”… y decidí que NO.
Sentí que su sonrisa me agradecía no sólo en el juego, sino que de
algún modo sabía que estaba siendo cómplice de la trama de la historia.
Admiro y valoro el hacerme parte de algo tan valioso como su juego .
Admiro su inocencia…. porque no sabe el poder que tienen sus juegos para
rescatarme de mis problemas aunque ella crea que soy yo la que siempre rescato.
Sigamos perdiéndonos por favor…
O nos encontrándonos. Sigamos jugando.
M.M.F.
Martina Ferrari.

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