Pareciera
se aliviana
el equipaje
cuando se
acepta lo propio
y se
reconoce lo ajeno.
Y por fin se
encuentra la punta
de ese matete
que habitaba en tu cabeza
y en el
centro de tu pecho.
Y de a poco
pareciera desenredarse,
mientras
vamos aprendiendo a medir
hasta dónde lo
que pasa
lastima.
Y pareciera
que hasta el
aire es más ligero
provocando más
placer
al respirar.
Para muchos…
no es “soplar
y hacer botella”,
eso de encontrar
el punto exacto
para seguir
empatizando
sin
excedernos.
Para no
asfixiarnos
en el dolor ajeno.
Para no
ahogarnos
en las
luchas e incertidumbres de otros.
Para involucrarnos
desde el afecto
en otras
realidades:
pero
sabiendo tomar distancia.
Y así lograr
que la empatía
no se vuelva
pesadilla.
Entonces…
seguir
acompañando,
escuchando,
ayudando…
sin dejar de
cuidarnos.
Porque
estando fuertes,
podemos cruzar
el abismo
del dolor
ajeno,
sin dejarnos
caer en él.
Tomando
carrera y atravesándolo,
para poder ayudar
desde otro lugar,
incluso más
sano:
dejando de
ser víctimas
de nuestra
sensibilidad.
M.M.F.
Martina Ferrari.

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