Sos, para mí, lo que me haces sentir con tu accionar.
El mate que me cebaste cuando mi
escritorio desbordaba de trabajo,
o en el que preparaste para esperarme, solo… para compartir un momento.
El abrazo en el que me envolviste sosteniendo mi amargura.
Las plumitas que pegaste a mis alas, para que vuele más alto.
Los lentes que me prestaste para ver mejor las cosas
y la guía de tus manos sobre mis hombros que me condujo a ver “eso”
desde otra perspectiva.
Las palabras que me dijiste en el momento justo y cuando más las
necesitaba.
La compañía en silencio, cuando no había palabras que llenaran el
vacío.
La mirada alentadora que inmortalizó la fe que tenés en mí.
La mano con la que empujaste suavemente mi mentón hacia arriba,
ayudándome a ver que límite, era el cielo.
El respeto a mis ideas y mis sueños.
La pregunta que indagó lo que quiero
y lo que no me preguntaste aceptando mi espacio.
El aliento que me dio, el último empujón a mi espíritu, para animarme a
hacerlo.
El cuco que contrataste para espantar mi sensación de soledad.
Las llamadas que me hiciste.
Los mensajes que mandaste.
Las promesas que cumpliste.
Los desayunos inesperados con pan tostado “vuelta y vuelta”.
Los pelos que me dejaste en la ropa para recibirme en el patio.
Las carcajadas con campanillas a la vista que provocaste en momentos de
incertidumbre.
Las sorpresas inesperadas.
Los secretos que me confiaste, haciéndome parte de tu vida.
Los “chinchin” que propusiste para festejar lo logrado.
Tu compañía imponente.
Sos esa persona que aún conociendo todos mis defectos,
seguís esparciendo semillas con
tu accionar.
Y con cada simple detalle las regás,
haciendo que florezcan en mí, hermosos sentimientos.
Sos todo lo que hiciste y haces,
reflejando de qué está hecho tu corazón.
Ojalá… te haga sentir el doble de lo que me llega.
Gracias.

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