No se trata de que siempre alguien te rescate,
porque al fin y al cabo si vos no te querés salvar,
NADIE puede hacerlo por vos.
Pero en ese querer, siempre hay un otro: FUNDAMENTAL.
Y no hablo de algo trágico…. sino de lo simple, de lo cotidiano.
Porque si bien se empieza por uno mismo, siempre está ese ALGUIEN que cuando estabas a punto de tocar el piso, acomodó con los trapos que tenía a mano un colchón mullido que ayudó a apaciguar el golpe.
Y después, se quedó ahí… pegadito al lado tuyo, pero respetando tu espacio.
Y te dejó sentirlo y te acompaño a atravesarlo. Acariciándote los golpes que por más que intentó, no pudo evitarlos.
Ese, que te esperó porque lo necesitabas.
Pero que cuando se dio cuenta que quisiste quedarte ahí, cómodo, quieto, te agarro fuerte la mano, y con un impulso te ayudó a levantarte.
Te sacudió, te acomodó…
Y se arrodillo, en cada lugar, buscó bajo los muebles, en cada rincón del alma, recogiendo tus pedazos que quisieron perderse mientras te desvanecías.
Y te ayudó a pegarlos, a reconstruirte, pero porque también dejaste que lo haga.
Porque ese, fue el mismo que en medio de la lluvia, te giro la cara, obligándote a abrir los ojos para ver el arcoíris.
El que atravesó huracanes para llegar a vos, y encontrarte en el ojo de la tormenta, para tironearte afuera, donde corren aires llenos de paz.
El que te ayudo a subir a su balsa cuando el agua te llegaba al cuello.
Y te acompañó a construir la tuya, por si vuelve a suceder.
M.M.F.
Martina Ferrari.

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